5 de febrero de 2017

Las ciudades de los muertos | Relato

¡Hola!

Otra semana con otro relato. Debería haberlo subido ayer pero lo he acabado hoy. Sigue un poco la historia del relato anterior, aunque creo que se puede leer independientemente. Este relato es parte del reto de El libro del escritor, esta semana había que usar «la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa». No está muy allá, pero me ha servido para hacer más wordbuilding y tejer la historia. No sé si habrá más relatos sobre esta historia, igual sí sobre los personajes, porque estoy creando la historia e igual me pongo a escribirla paralelamente. Pero ya me callo y os dejo con el relato:



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«En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos» así comenzaba la historia que me contaba cada noche mi abuela. «Con cada estación cambian de lugar y nada bueno puede pasar en ellas.

»Los ancestros insisten que avisemos a los más jóvenes para que no exploren más allá de lo que marcan nuestros mapas. Por ello contamos esta historia, para que sepáis qué puede pasar en esas ciudades perdidas. Una de ellas es el hogar de nuestros espíritus, donde descansan cuando el cuerpo ya no puede soportarlo, y solo los más sabios saben cómo salir y encontrar su tribu. Los espíritus malvados viven encadenados en el suelo de su ciudad para que no puedan dañar a los vivos. Cada ciudad acoge los espíritus de su raza, de su comunidad.

»Todos llegaremos a ellas cuando nos llegue el momento, nunca es bueno adelantarse. Miles y miles de aventureros han buscado por tierra y mar y no han encontrado nada. El último que las encontró lo contó en forma de espíritu. Se dice que quien las encuentre será bendecido con un gran descubrimiento, otros dicen tesoro, pero el precio a pagar es muy grande.

»Pero eso son solo leyendas».

Lo siguiente que hacía era contarme las historias de los aventureros y sus trágicos finales. Más que historias, eran  un intento de eliminar de mi cabeza esa idea de que las ciudades eran lugares exóticos a los que ir. Ese siempre ha sido mi sueño, encontrar las ciudades perdidas y ser bendecido con ese gran descubrimiento. Las historias tenían un efecto contrario en mí, hacían que me emocionara más, aunque no se lo hiciera saber. Cada ciudad era un mundo y yo estaba dispuesto a descubrirlos todos.

Con los años, mi pasión no hizo más de aumentar y aumentar. Intentaba contactar con los ancestros para que me dieran información útil pero no respondían a mis llamadas. Hasta que cumplí la mayoría de edad. Se suponía que debía unirme a una partida de caza y comenzar con un trabajo que me duraría toda la vida pero yo me quedé en la tienda. Por primera vez, los ancestros me contestaron. Me dieron respuestas muy vagas pero algo por dónde empezar. No partí inmediatamente, esperé dos meses más. Necesitaba recaudar más información y estudiarme detenidamente los mapas de la tribu, así quizá  encontraría las ciudades con más facilidad. Conforme más buscaba y preguntaba al respecto, más se encendía la llama, más ganas tenía de encontrarlas y ser el primer aventurero en conocer todos sus rincones. No quería gobernarlas, como otros antes que yo, solo… conocer. Mi mayor deseo siempre ha sido el conocimiento y ¿quién sabe más que un muerto?

Pasados los dos meses, partí por la noche. Solo me llevé una muda de ropa, mapas y un caballo. Mi familia solo tenía dos y no les hacía ningún favor llevándome el más fuerte y resistente pero era lo que necesitaba para alcanzar mi objetivo.

Cabalgué durante mucho tiempo, no puedo decir cuánto. Pasaron los días y las noches y no había rastro de las señales que los ancestros me habían dado. Primero fui al este, a ciudades cuyo sistema de gobierno no está muy claro pero se mantienen a flote. De ahí me dirigí al norte, a los grandes reinos. Los rodeé pero me marché rápido, no podían estar ahí. Seguí al norte, desplazándome un poco al oeste. Deposité mi esperanza en esta zona, al fin y al cabo siempre se ha dicho que las ciudades de los muertos se encontraban al oeste. No podían cambiar tan fácilmente de lugar.

Pasó un año desde mi salida de mi tribu, y dos también. Las ciudades seguían sin aparecer. Hablaba con los ancestros pero todavía no me daban pistas claras. Mientras mi esperanza menguaba y dudaba de querer encontrar las ciudades, conocí esta preciosa ciudad y el corrupto sistema que la gobierna. Busqué trabajo, intenté vender mis servicios pero nadie quería darme dinero o cobijo a cambio de unos retratos o trabajo manual. Me envenené con odio y frustración y me alimenté de todo lo que me dio esta gente. Comencé a robar para ganarme la vida. Hice amigos, me asenté y comencé a vivir mi propia vida. Cuando ya casi me había olvidado de las ciudades, los ancestros hablaron. Me dijeron qué camino seguir. Dudé durante unos días, ¿por qué salir otra vez a la aventura? Los ancestros me volvieron a hablar. Me dijeron que mis deseos de poder, aunque yo los enmascarara con conocimiento, no eran buenos. Ahora que había abandonado ese interés por las ciudades, podían enseñarme mi destino en ellas. Abandoné la ciudad para seguir el camino que me llevaría a la frontera oeste.

Y las encontré.

No eran para nada como las imaginé. Oscuras, sí, y bellas. Me acerqué hasta que llegué a la entrada de una de ellas. Más que ciudades parecían barrios, un conjunto de calles muy tétricas. Estaban rodeadas por una muralla de piedra oscura y en cada una había una gran puerta hecha con barrotes que dejaba ver el interior. La primera era la ciudad de los hechiceros. Al lado del portón estaba el símbolo de su raza, un círculo plateado. Me asomé para ver cómo era por dentro pero solo veía una calle con casas y señales de tiendas y oficios a cada lado.

La siguiente correspondía a los cambiaformas. La ciudad no era tal, se parecía mucho más a un bosque o un desierto. Es más, creo que tenía de todo un poco. Vi decenas de diferentes animales, supongo que al morir se mantienen con su forma animal, su forma más pura.

Fui paseando y viendo las ciudades de muchísimas razas diferentes, y finalmente encontré la mía. La ciudad de mi pueblo me pareció… hermosa. No hay otra palabra para definirla. El suelo era la hierba y tierra que estamos acostumbrados a pisar, y sobre él, nuestras tiendas, nuestros hogares. Un deseo irrefrenable me inundó, quería entrar y disfrutar de esas maravillas, pero sabía que no debía.

—Acampa aquí. Nosotros te protegeremos de ti mismo.

Hasta que no oí esas palabras no me di cuenta de que ya era de noche. Algo extraño había en las ciudades de los muertos, algo oscuro. Hice lo que me dijeron mis ancestros y acampé frente a la puerta.

A la mañana siguiente me desperté fuera de mi tienda, dolorido.

—No debías entrar en la ciudad. Los malos espíritus te reclaman para liberarse de sus cadenas, no debes escucharlos. Ahora, sigue tu camino, te quedan cosas por ver.

Al otro lado de la puerta había dos hombres vestidos como los jefes de mi tribu. No podía irme en ese momento, no sin descubrir algo más.

—Tu gran descubrimiento está a punto de llegar, pero debes marcharte y seguir andando.

Tomé aire y miré al cielo, el sol ya estaba en el punto más alto. Me despedí de ellos y continué mi marcha una vez el campamento estuvo recogido. Si no encontraba nada, pensaba volver y reclamar mi recompensa. Descubrí más ciudades hasta que llegué a una diferente. No podía ver nada de dentro porque estaba poblado por la niebla. En el muro estaba el símbolo de un árbol. Nunca lo había visto, no correspondía a ninguna de las razas que yo conociera, y, créeme, conozco todas. Estaba a punto de irme cuando te oí.

Un llanto.

Me giré para buscarte, no esperaba encontrarme con nadie más por allí, y menos con un bebé. Al final te encontré en una cuna de madera al lado del muro de la ciudad desconocida. Te cogí en brazos, era como si acabases de nacer pero era imposible, no había nadie por allí. Me quedé paralizado unos minutos sin saber qué hacer. Entonces me hablaron mis ancestros. Me explicaron brevemente de dónde vienes y cuál es tu destino. Mi misión era llevarte conmigo, criarte y ayudarte en tu propia misión.

Tú fuiste mi descubrimiento.

Volví todo lo rápido al sur, por donde solíamos movernos, y pregunté por mi tribu. No descansaría hasta encontrarla. Agradecí a los espíritus que aguantaras esos meses tan bien, tu no… necesitabas comer, al menos no la cantidad que otros necesitarían. Solo podía darte frutos de árboles, los animales o plantas estaban prohibidos. Machacaba todo y te lo daba con agua, era la única forma que se me ocurría de alimentarte. Creciste más rápido de lo que lo haría un bebé normal. En tres meses pasaste a ser un bebé de seis meses. Una vez llegaste al año ese crecimiento se reguló.

Por fin llegamos al campamento de mi tribu. Yo esperaba una calurosa bienvenida, un abrazo de mis padres y la sonrisa de mi abuela. Lo que me encontré fue que mi padre y mi abuela habían fallecido. Mi madre se había casado con otro hombre y había renegado de nuestra familia. Y yo tenía una hija.

Antes de marcharme, estuve con una muchacha de la tribu. Nos divertimos juntos un par de veces pero nunca llegué a imaginar que ocurriría una cosa así. Me entregó a mi hija de tres años y los sabios me expulsaron. No tenía familia, mis hermanos estaban casados y decían que con mi marcha había desencadenado las tragedias que les había hundido. Además, había deshonrado otra familia de la tribu. Para todos ellos era una desgracia.

—He estado en las ciudades de los muertos —les grité antes de que me echaran a palos. Todos se quedaron paralizados, la mayoría no me creyeron. —Esta es la prueba —te cogí en brazos y te elevé para que todos te vieran. Ya te había salido un poco de cabello blanco y tus ojos azules eran antinaturales para ellos. Les expliqué brevemente de dónde venías pero no me dejaron terminar. Te miraron con repulsión y me amenazaron con ejecutarnos si no nos marchábamos.

Y eso hice. Volví contigo y con tu hermana aquí y me reuní con mis amigos. Volví a intentar encontrar un trabajo, por vosotras, pero nadie quería dármelo. Así que volví a robar, esta vez de forma profesional. Pero esta historia ya la sabes.

...

Mayra me mira como si no creyera lo que oía. Probablemente no acabe de hacerlo.

—¿Me estás diciendo que vengo de una ciudad de muertos? ¿Soy hija de dos muertos? ¿Por eso no puedo morir? ¿Por eso no me he ahogado?

Niego con la cabeza y me acerco a ella. Solo quiero abrazarla y protegerla de todo esto. Al mismo tiempo, una voz me dice que debería habérselo contado antes.

—No. Estás viva. La razón por la que pudiste respirar bajo el agua es que estás conectada con la naturaleza. No hay una forma suave de decir esto pero…

Mayra se levanta de la silla y comienza a pasearse por la sala. Sé que el resto está fuera, queriendo saber qué ha pasado.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—El mundo es duro, no quería que esa diferencia te causara problemas. Y no sabía cómo hacerlo.

Se pasa una mano por el pelo, nerviosa.

—Vamos a dejarlo en que estoy viva y me encontraste en una de las ciudades de los muertos en vez de en las calles de esta ciudad. No quiero saber más de momento. Ya… Ya te preguntaré cuando esté preparada.

Sin dejar que diga nada más, se marcha. Por la puerta que deja abierta se asoma su hermana, también ajena a todo.


¿Cómo conseguí meterme en este lío?

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Pues esto es todo, amigos. Es un poco raro (?) y dejo muchas preguntas sin respondes pero that's the way I like it. Igual hay algunas erratas o errores de puntuación, no tengo la cabeza para corregir a fondo, lo siento.

1 comentario:

  1. AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
    Tía, tía, pero el mundo que has creado en dos relatos. Osea, estoy EN-CAN-TA-DA. Sigue rescatando a estos personajes, porfis. Quiero saber más.
    ¡Un besín!

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